Reabrir colegios, remedio contra la desigualdad

Foto montaje de niños estudiando.

Expertos y académicos claman con urgencia por el retorno a las clases presenciales. Advierten que, de no hacerlo, la consecuencia silenciosa de esta emergencia educativa sin precedentes será el crecimiento desmedido de la brecha ya existente.

Por Lina Fernanda Sánchez Alvarado

“Buenos días, bienvenidos a clase. ¿Están listos?”, dice entre risas Samuel Thomas Marroquín de 9 años, justo cuando entra a la videollamada en la que tomará la clase. Su mamá, Nancy Arévalo, cuenta que es el más ágil de la casa para conectarse y que, pese a la virtualidad, es el alma de los chistes con sus compañeros. Samuel se goza las clases, pero apunta que no es lo mismo y extraña a su profesora: “Hace rato no la veo; en clases virtuales no se siente que esté en realidad; es como si fuera un video grabado hace seis años; a veces los videos tienen mala calidad y, en serio, parecen como de 2012”.

Samuel también extraña los partidos de fútbol con sus tres mejores amigos, a quienes no ve hace más de un año cuando empezó la pandemia, al igual que los recreos jugando sin parar. Nancy está preocupada; dice que el año pasado los profesores solo les enviaban cartillas y ahora las clases virtuales son escasas. Como teme que el aprendizaje se retrase, le pide al niño que le ayude con las cuentas de la tienda para que no deje de interesarse por las matemáticas.

Samuel, igual que millones de escolares, aún no regresa al colegio. Una tragedia silenciosa la llama Sandra García Jaramillo, profesora de la Escuela de Gobierno de la Universidad de los Andes, doctora en Política Social de la Universidad de Columbia e integrante del movimiento ciudadano La Educación Presencial es Vital. Esta iniciativa busca visibilizar la tarea urgente de reabrir las escuelas y tiene entre sus impulsores a García y al profesor Darío Maldonado, también de la Escuela de Gobierno, muy activos en su Twitter para presionar la reapertura de las aulas. Ambos son autores del estudio “COVID-19 y educación en Bogotá: Implicaciones del cierre de colegios y perspectivas para el 2021”, una de cuyas preocupantes conclusiones es que el cierre prolongado de las escuelas está llevando al país a una emergencia educativa nunca antes vista y al crecimiento desmedido de las brechas ya existentes.


Según el estudio, elaborado por la Escuela de Gobierno, el Centro Nacional de Consultoría y Probogotá, en 2020 desertó el 2,5 % de estudiantes de 753 hogares encuestados en Bogotá y existe el riesgo de que la cifra se triplique este año. Además, un tercio de los escolares estaban poco motivados para realizar actividades en casa, lo que en parte podría explicarse por la baja conectividad y por tener que compartir los dispositivos entre varios integrantes de la familia.

En Bogotá, en una casona en Bosa Laureles, Diana Anacona, de 28 años, acordó con su esposo dejar de trabajar como empleada doméstica para acompañar en las clases a sus hijos Dylan Santiago (8) y Miguel Ángel (5). Los tres pasan los días juntos, sorteando el uso de un único celular para entrar a clase, buscar las tareas y descargar las guías. Cuando el horario coincide, se conectan y se desconectan sucesivamente a un aula o a otra, con la consecuente pérdida de parte de las lecciones y la menor comprensión de los temas. “Eso me hace poner triste porque pierdo un poco de información de mi clase y de la de mi hermano”, dice Dylan y añade que la solución sería que su papá siempre estuviera para poder usar su celular.

“Es duro ser mamá y profesora al tiempo. Lo más duro del encierro es ser responsable de su aprendizaje y además lidiar con que no se sientan solos ni tristes”, narra Diana.

Su preocupación tiene buen piso: en medio de la pandemia, la salud mental podría ser la peor crisis del último siglo y afectar en mayor grado a niñas, niños y adolescentes. La investigadora Sandra García sostiene que los niveles de ansiedad aumentarían si continúan confinados y en ambientes con estrés. Para combatir la monotonía, Diana, en Bosa, sale a patinar con sus hijos en los parques más cercanos.

 

Efectos negativos en escolares

Cifras del Banco Mundial relacionadas con el índice de pobreza de aprendizaje indican que a los 10 años 50 % de niños en Colombia y América Latina no comprenden un párrafo. Sus estimativos indican que un cierre de colegios durante 7 meses incrementaría ese porcentaje a 65 y si se prolongara por un año, subiría a 70 %. ¿Qué estamos esperando? se pregunta el movimiento La Educación Presencial es Vital.

“La crisis sanitaria ha representado un choque triple para niñas, niños y adolescentes: el cierre prolongado de escuelas, el encierro por los confinamientos y la pérdida de seguridad económica en los hogares. Un choque con repercusiones que compromete el desarrollo de toda una generación”, señala García en su publicación para Unicef “COVID-19 y educación primaria y secundaria: repercusiones de la crisis e implicaciones de política pública para América Latina y el Caribe”.

Aunque por incidencia del movimiento proapertura de las aulas a principio de este año algunas ciudades capitales e intermedias han adelantado el regreso gradual, los esfuerzos son insuficientes para contener la emergencia educativa.

Las razones son claras: por un lado, hay afectaciones que se manifiestan en la pérdida de aprendizaje, especialmente en estudiantes de primaria que están adquiriendo habilidades lectoescritoras que requieren acompañamiento e interacción. En este sentido, Samuel es afortunado; su hermana Valentina, recién graduada del colegio, le ayuda a hacer las tareas; Nancy las revisa y ayuda a completar por las noches, pero aun así quedan vacíos. “Puedo apoyarlo en una clase de matemáticas, pero no soy apta para dar una clase de inglés; no soy apta para dar un acompañamiento de historia”, dice la mamá.

Por el otro lado, el colegio es un entorno protector que los mantiene alejados de comportamientos desfavorables. De ahí que haya una vulneración de múltiples derechos, que se acentúa en los niños de hogares más pobres porque, resalta Sandra García, no tienen quien les ayude a estudiar en casa y a menudo habitan en entornos más complejos.

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Reconexión social y emocional, el primer paso

Sin dudarlo, Andrés Molano, profe­sor de la Facultad de Educación de Los Andes, afirma que lo que está viviendo la humanidad puede clasificarse como un trauma: una experiencia que causa un choque personal y que trae conse­cuencias familiares y emocionales. Entonces, no resulta extraño que muchos sien­tan emociones cambiantes a lo largo de los días. “Más aún en los niños que llevan más de un año de aislamiento”, agrega.

Por eso cuestiona el que la socie­dad y los gobiernos se hayan organi­zado para reactivar sectores económi­cos como los restaurantes o comercios, cerrando vías y garantizando su fun­cionamiento, pero no hayan hecho lo mismo para los colegios.

Regresar a las aulas ayudará a abor­dar este trauma y es que, antes de pensar en reforzamientos escolares, que son primordiales, Molano sugiere ha­blar sobre lo que ha pasado: pregun­tarles cómo han vivido estos tiempos y más aún si hay familias que han sufri­do pérdidas por COVID-19. Un diá­logo entre profesores, estudiantes, ma­dres y administrativos para tramitar las emociones.

Concentrar energías en el aprendiza­je social y emocional también es clave, subraya Molano, doctor en Educación de la Universidad de Harvard; luego el aprendizaje académico será mucho más fácil. Un ejemplo es que un adolescente cuando está triste tramita de forma di­ferente esta emoción cuando tiene a un amigo cerca.

Para él abrir las escuelas es una res­ponsabilidad moral, en especial para la primera infancia donde se sientan bases importantes en las habilidades sociales.

 

Cifras sobre regreso a las aulas

Defensores y detractores

La iniciativa La Educación Presencial es Vital asegura, con base científica, que la reapertura de colegios se puede dar cumpliendo con cinco requisitos: garantizar el lavado de manos, el distanciamiento físico y la ventilación o la promoción de actividades al aire libre, hacer seguimiento a síntomas y usar adecuadamente el tapabocas.

“Se trata entonces de un tema de voluntad y de dejar los miedos atrás. La virtualidad nunca reemplazará a la presencialidad”, insiste Isabel Segovia, exviceministra de Educación, quien también llama la atención sobre la afectación que sufren las mujeres al tener que abandonar sus trabajos para cuidar a los niños.

En Bogotá, a finales de marzo de 2021, de 400 instituciones oficiales, 387 ya cumplían con los requisitos del Ministerio de Salud. La rectora de un colegio oficial del sur, por ejemplo, contó que todos los protocolos estaban listos y con el uso de elementos de protección podía darse el retorno. Ellos estaban gestionando micrófonos de solapa para cuidar la voz de los profesores y cámaras para transmitir la clase y garantizar el acceso presencial y virtual.

“Bogotá se prepara desde el 2020, teniendo en cuenta las condiciones epidemiológicas. Eso no significa que la escuela no ha vuelto, porque siempre ha estado”, argumenta Mauricio Castillo, subsecretario de Calidad y Permanencia, de la Secretaría de Educación de la ciudad.

Castillo relata que los maestros han demandado muchas condiciones para la reapertura. De hecho, destaca el trabajo en una mesa de diálogo con los sindicatos e, incluso, con epidemiólogos. Se buscan soluciones en casos como que gran porcentaje de los profesores superan la edad que impide su retorno o presentan comorbilidades.

La Federación Colombiana de Educadores (Fecode) asegura que el gremio regresará de forma responsable, pero preocupa que 60 % de las instituciones incumplen los protocolos. “Hay una infraestructura de más de 40 años sin intervención y más de 900 municipios con dificultades”, explica Luis Grubert, expresidente de la organización.

Para él, volver a la presencialidad no reducirá la brecha, pues la pandemia develó realidades inatendidas que impiden el acceso a la educación a las poblaciones más pobres. En contraste, la exviceministra Isabel Segovia reitera que regresar ya produce un cambio significativo y aunque los reclamos históricos sean justificados, no es momento de hacerlos, sino de garantizar las condiciones para frenar una emergencia educativa de grandes proporciones.

Una tensión similar a la que se da entre los defensores y los detractores de la reapertura la viven Nancy y Diana. Saben que Samuel, Dylan y Miguel Ángel deben volver a los salones porque la virtualidad no llena todas sus necesidades, pero temen enviarlos al colegio porque la salud está por encima. Los niños, mientras tanto, sueñan con volver a hablar y a jugar con sus amigos e incluso extrañan a la rectora y a los profesores. Samuel lo resume tajante: “Si está abierto y la pandemia ya se fue, al día siguiente me levanto temprano y derechito pa’l colegio”.