La pandemia golpea más duro a las mujeres

En el último año se ha agudizado la brecha de género en el empleo. Según el Dane, entre marzo de 2020 y el mismo mes de 2021, por cada cuatro hombres que recuperaron su trabajo, una mujer perdió su puesto. Investigadores vaticinan que la brecha seguiría ampliándose.

 

El martes 24 de marzo de 2020, tras cuatro días del simulacro obligatorio de cuarentena declarado por la Alcaldía de Bogotá, Stella Gracia, vendedora de un puesto ambulante al frente de la Universidad de los Andes, no encontró un alma que le comprara un dulce. Incluso tuvo que regresar de prisa a su casa por la recomendación de un policía: si no se encerraba, podían multarla.

Ese día, como de costumbre, se levantó muy temprano para despachar a su hijo Nicolás (15 años) y a su nieto Denier Felipe (8) con quienes vive junto a sus hijos mayores, Erika, Michael y Richard. A las 6 de la mañana, en el recorrido hacia la zona donde durante 26 años siempre ubicó su puesto, empezó a notar calles vacías y comercios cerrados. Al llegar solo estaban Amanda y Miguel, vendedores de dulces en la misma cuadra. Ninguno entendía qué pasaba. A esa hora se activaban las ventas a medida que iban llegando estudiantes, profesores y empleados, pero esta vez no había nadie. “No acostumbro a ver noticias y por esta razón no tenía ni idea de que la cuarentena se había prolongado”, afirma Stella.

En menos de nada, los ocupantes de los dos cuartos de su casa ya eran nueve. A los más pequeños les suspendieron las clases; a Michael y a Richard les cancelaron los trabajos; su hermana y su sobrina, que habían ido a pasar el simulacro con ellos, quedaron atrapadas allí por las nuevas restricciones de movilización, y a su madre, de 81 años, que vivía sola a pocas cuadras y que estaba enferma, logró llevársela con ellos después de varias peripecias. Durante los primeros meses, Erika, la mayor y madre de Denier, tuvo que estirar su salario para sostenerlos porque era la única con un empleo formal como teleoperadora de un call center.

“Fue en ese momento que me empezó a correr una angustia”, cuenta Stella, que acostumbraba a pedir fiada su mercancía y a pagarla la semana siguiente con las ganancias diarias.

“Los primeros días fueron los más duros y de mucha incertidumbre, la ansiedad de no poder trabajar me atormentaba todo el tiempo —rememora—. Si no puedo salir a la calle, no puedo trabajar y si no trabajo, no hay dinero para pagar las deudas, hacer mercado y cumplir con mis obligaciones”.

La misma incertidumbre se extendió por todo el mundo hasta el punto de que, como señaló en octubre de 2020 António Guterres, secretario general de la Organización de las Naciones Unidas, crece la preocupación por lo que “se puede perder en el frágil progreso hacia la igualdad de género”. El funcionario también expresó que la COVID-19 “ha subrayado y explotado la continua negación de los derechos de las mujeres. Hoy, mujeres y niñas se están llevando la peor parte del enorme impacto social y económico de la pandemia, necesitamos cambios transformadores y liderados por mujeres”.
Colombia es prueba de ello. Según Juan Daniel Oviedo, director del Dane, las mujeres han perdido más trabajos que los hombres, debido a que comercio, alojamiento, servicio doméstico, peluquerías y restaurantes, entre otras actividades ejecutadas mayoritariamente por ellas, han sido las más golpeadas.

Un análisis de la Nota Macroeconómica n.º 28 realizado por economistas de Los Andes, destaca que, pese a que el empleo femenino representaba el 40 % de los puestos ocupados antes de la emergencia, los empleos perdidos en el segundo trimestre de 2020 fueron más de la mitad (2,5 millones de un total de 4,8). También menciona que el desempleo femenino casi se duplicó al pasar de 12,9 % en el segundo trimestre de 2019 a 24,6 % en el mismo período de 2020.

El mismo estudio expresa que cuando comenzó la crisis muchas mujeres entraron de inmediato a engrosar la población inactiva (no están trabajando ni buscando trabajo), grupo que creció en 1,9 millones, en comparación con 1,5 millones de aumento entre los hombres.

Ese cambio súbito se explica en buena parte por la carga desproporcionada en las responsabilidades del cuidado del hogar que históricamente han tenido las mujeres. Y de seguir así, concluyen los economistas, el empleo femenino seguirá más expuesto. Para ellos, la reactivación de las clases presenciales apoyará significativamente a aquellas madres que no tienen con quién dejar a sus hijos mientras buscan o ejercen un empleo, al que muchas debieron renunciar para cuidar a los niños. Stella, por ejemplo, ahora vive pendiente de que su nieto y su hijo menor se conecten a las clases virtuales y envíen sus tareas a tiempo, pues quiere que Erika pueda trabajar tranquila. “Ahora es más importante pagar el recibo de la luz y el internet que hacer mercado porque es el medio de estudio y trabajo para mis hijos”, dice.

Con el fin de sortear las dificultades, al principio Stella se inscribió para recibir alguno de los subsidios que anunció el Gobierno, pero ninguno le llegó. Los apoyos vinieron de compradores habituales o de campañas emprendidas por la comunidad uniandina para entregar mercados a los vecinos del sector de Las Aguas, o para dar asesorías virtuales de refuerzo escolar mediante el programa Fenicia, en el que participan Denier y Nicolás.

Decidida a ayudar, apenas se redujeron las medidas restrictivas, con asesoría de uno de sus clientes, armó anchetas con dulces que vendió por internet y que repartía en su bicicleta, incluso a direcciones muy distantes. El negocio duró poco, pero la situación mejoró porque uno de sus hijos consiguió empleo formal en la Alcaldía y el otro se rebusca trabajando en oficios varios.

Hasta ahora, el carrito sigue guardado y transcurrieron varios meses antes de recuperar la mercancía. Cuando por fin pudo rescatarla mucha se encontraba vencida y no pudo venderla. Hoy espera que la normalidad regrese para recobrar su estado de ánimo que tanto se ha afectado con las constantes preocupaciones.

Trabajo a media marcha

Deixi María Rangel, barranquillera de 34 años, también ha experimentado los rigores del desempleo. Hace 10 años llegó a Bogotá en busca de mejores oportunidades y cuando comenzó la pandemia el salón de belleza donde
trabaja como estilista cerró durante tres meses.

Madre de dos niñas y cabeza de hogar, se vio obligada a entregar el apartamento donde vivía para irse a casa de su hermana y sus sobrinos. Desde el comienzo supo que trabajar a domicilio no era una opción, por el temor a contagiarse y llevarles el virus a sus hijas; aunque el padre de las niñas le entrega una mesada, la atormentaba no poder cumplir con sus obligaciones, ya que sus ingresos dependen del porcentaje que recibe por cada servicio que presta en la peluquería.

En contraste las niñas se alegraron porque podían pasar tiempo con ella. Para ayudarlas en las tareas del colegio, Deixi debió aprender a convertir documentos de Word y fotos en formato PDF, a comprimir archivos para enviarlos por correo y hasta a hacer videos desde su celular, sin descuidar, por supuesto, las actividades cotidianas del hogar.

El salón de belleza ya está abierto, pero la cantidad de clientas ha bajado notoriamente. Ella lo asocia a que muchas mujeres aún trabajan desde casa y a que ya no hay tantas actividades sociales que las animen a ir a un estilista: “Antes de la pandemia en promedio en la mañana atendíamos 15 usuarios; hoy, por mucho, atendemos 4 o 5 personas”.