De la pandemia a la universidad del siglo XXI

Para responder a las necesidades de formación continua de los jóvenes, que demandan contenidos específicos en diversos momentos, debería pensarse en un modelo de microcredenciales que certifiquen competencias concretas.

 

Por Raquel Bernal
Vicerrectora Académica

 

Antes de la llegada de la pandemia, las instituciones de educación superior ya estábamos en alerta por los cambios dramáticos que venían ocurriendo durante la última década y que cuestionaban el modelo imperante de universidad. La demanda de educación superior venía cayendo tanto en Colombia como en el mundo. Esto se atribuía, entre otros motivos, al cambio demográfico que implicaba cohortes más pequeñas de jóvenes, a la veloz transformación de los mercados laborales como consecuencia de la dinámica imparable de las innovaciones tecnológicas y a las preferencias de estilo de vida de las nuevas generaciones. Los jóvenes conciben la vida de manera más dinámica; no es un proyecto lineal, por así decirlo, sino una búsqueda más flexible y fluida.

Las universidades venían reorganizándose con el objetivo de reducir costos y volverse más eficientes. Sin embargo, no solo se trataba de racionalizar gastos, se trataba de cambiar de modo estructural ante los grandes cambios que enfrentábamos. El modelo de formación de capital humano en una ventana específica del ciclo de vida de una persona resulta insuficiente ante el dinamismo de los mercados laborales modernos. El capital humano se vuelve rápidamente obsoleto ante la continua creación de nuevas tecnologías que permean diferentes disciplinas y ejercicios profesionales. Por esta razón, ha cobrado tanta relevancia el concepto de educación a lo largo del ciclo de vida.

Foto de un laboratorio en Uniandes
Foto: Felipe Cazares / Universidad de los Andes

Ante el dinamismo de los avances tecnológicos, para los jóvenes no es claro el beneficio de estudiar por cuatro o cinco años, cuando saben que tendrán que actualizar competencias con mayor frecuencia, o que requieren un posgrado completo para renovar su perfil profesional. Por el contrario, buscan adquirir las competencias específicas que exige su proyecto de vida, en el momento en que las necesitan.

En ese sentido, las universidades podríamos ofrecer de manera flexible y pertinente un modelo más modular de cursos de programas formales de alta calidad a través de educación continua. Un conjunto de cursos podría certificar competencias específicas según las necesidades de los estudiantes. Lo que se ha denominado una microcredencial. Esto, por supuesto, requiere que el diseño de los posgrados esté pensado desde la perspectiva de competencias, y que la definición de los módulos por certificar se establezca desde el principio de manera coherente y bien articulada. Las microcredenciales, a su vez, se podrían homologar en programas formales para completar pregrados o posgrados.

Además de cuestionar la pertinencia del modelo educativo, la pandemia también evidenció de manera explícita la inequidad en el acceso a la educación de calidad. El paso acelerado a la virtualidad nos mostró que es posible alcanzar diversas audiencias que, de otra manera, no hubieran podido acceder a universidades acreditadas de alta calidad. Aparte de la asequibilidad también es importante considerar que el modelo virtual bien diseñado podría reducir costos, por lo cual sería posible ofrecer matrículas más bajas.

El campus universitario podría dividirse en dos: el virtual y el presencial. Cada uno podría profundizar en diferentes competencias según lo que resulte relevante. Por ejemplo, las competencias básicas podrían promoverse de manera exitosa a través del modelo virtual, siempre y cuando se garantice la calidad de la educación en línea. De otra parte, las competencias que requieren de manera intensiva el debate, la interacción y el uso de espacios físicos en el campus se apoyarían en la educación presencial.

El mismo modelo de microcredenciales podría beneficiarse de la virtualidad, pues daría mayor flexibilidad para actualizar competencias según las necesidades de los estudiantes y en las condiciones que faciliten hacerlo de manera ágil y conveniente. Como he mencionado, para que todo esto tenga sentido, es indispensable garantizar la calidad de la educación virtual. Esto requiere modelos centrados en el estudiante, con una propuesta clara de aprendizaje activo, que se apoya en la analítica de datos para ofrecer un proceso de formación que se adapta a las fortalezas y debilidades de las personas.

Foto de un estudiante de Uniandes
Foto: Felipe Cazares / Universidad de los Andes

El modelo que heredamos de la pandemia también nos habilitará para planear aulas virtuales multiculturales. Nos brindará la posibilidad de conectar estudiantes distribuidos geográficamente en diferentes lugares mediante el uso de tecnología, con el propósito de desarrollar habilidades multiculturales y digitales, fortalecer el aprendizaje de otros idiomas y formar ciudadanos globales a través de colaboraciones en la virtualidad con universidades socias en otras partes del mundo. Estas iniciativas permiten promover experiencias interculturales significativas como parte de la educación formal, reforzar la capacidad de trabajar en equipo y especialmente en un contexto cultural diverso, generar autorreflexión, escucha activa, respeto, pensamiento crítico y tolerancia y crear conciencia sobre la inclusión y la diversidad cultural.

Los aprendizajes de la pandemia y la experimentación con la educación virtual que resultó de ella han sido múltiples e importantes. Depende de nosotros poder materializar las ventajas que podría tener un modelo de educación superior más flexible, pertinente y asequible. La transición no debe tomar mucho tiempo, la necesidad de formar más y mejor capital humano es imperiosa en Colombia. En eso debemos contribuir las universidades en los próximos años de manera más contundente. Empezamos una nueva era.

En una frase
“Los jóvenes conciben la vida de manera más dinámica; no es un proyecto lineal, por así decirlo, sino una búsqueda más flexible y fluida”.

Raquel Bernal, vicerrectora Académica