Especial cambio climático

Se buscan inversionistas creativos contra el cambio climático

Imagen de cambio climático

El sector privado está llamado a cambiar de mentalidad y a hacer las mayores inversiones para cumplir a tiempo los Objetivos de Desarrollo Sostenible y evitar un retroceso en la calidad de vida que hemos alcanzado. Latinoamérica esta rezagada en la adopción de nuevos modelos de negocio basados en procesos limpios y amigables con el medioambiente.

Por César Orozco Carrillo

A mediados de abril de este año, el video animado de Ralph, un conejo al que utilizan para experimentar en un laboratorio toxicológico, se hizo viral en las redes sociales. Rápidamente este cortometraje producido por la organización Human Society International ocupó los titulares de prensa en el mundo y despertó rechazo en miles de personas sobre las prácticas de testeo en animales.

Este es uno de los escenarios que pueden volverse cada vez más frecuentes si la sociedad civil sigue empoderándose y exigiendo cambios en la forma de relacionarnos con los animales y el medioambiente. “La reputación importa y puede ser explotada por los ciudadanos”, escribió el profesor emérito de la Universidad de Cambridge (Reino Unido) Partha Dasgupta en su estudio “La economía de la biodiversidad: el informe Dasgupta”.

Para Clemente del Valle, director del Centro Regional de Finanzas Sostenibles de la Universidad de los Andes, las empresas deben entenderlo rápidamente: “Cada vez más, el consumidor va a elegir lo que quiere comprar con base en los materiales utilizados, los procesos industriales y la demanda de energía limpia, por ejemplo. En la medida en que nos vamos volviendo más conscientes de que podemos consumir con un menor impacto negativo en el medioambiente, vamos a cambiar lo que demandamos y las empresas tendrán que adaptarse o perderán el mercado”.

“La biósfera responde con cambios a las demandas que le hacemos. Si nuestra demanda agregada excede su tasa de regeneración, la biósfera disminuye en cantidad, calidad o ambas”.

Partha Dasgupta

Y es que solo nos quedan 10 años para mitigar el calentamiento global, de acuerdo con el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático de la ONU (IPCC), una advertencia basada en más de 6.000 referencias científicas y expuesta en “Calentamiento global de 1,5 grados centígrados”, pero se necesita un mayor compromiso y una mayor inversión del sector privado para evitarlo, sobre todo en los países en desarrollo.

Imagen cambio climático

Un sector pasivo

A juicio de Del Valle, exdirector de la Financiera de Desarrollo Nacional, América Latina y en especial el sector privado están muy rezagados en comparación con lo que se está haciendo a nivel mundial: “Veo a los gobiernos fijando metas a 2030 o 2050, pero no al sector privado. Ni siquiera lo incorporan en sus estrategias de crecimiento y desarrollo empresarial, con muy pocas excepciones. Ellos son la pata más atrasada en este proceso”.

Esto se debe, en parte, a que no está acostumbrado a invertir en investigación porque las circunstancias de los mercados le han permitido mantenerse y crecer sin ella, explica. Además, algunas empresas continúan sin reconocer la magnitud del problema y lo manejan a través de pequeñas oficinas de sostenibilidad en sus organizaciones o por medio de fundaciones como parte de sus programas de responsabilidad corporativa.

Asimismo, todavía hay inversionistas y empresarios con la idea errada de que hacer inversiones sostenibles supone sacrificar la rentabilidad, lo que los lleva a desconocer el panorama a largo plazo y, en últimas, la sostenibilidad de los negocios a futuro; mientras que otros cometen el error de subestimar su impacto negativo en la sociedad y el medioambiente.

Sin embargo, a nivel mundial, estos sectores han reconocido en el cambio climático el próximo gran reto que afronta la humanidad a raíz de la pandemia de la COVID-19, según Del Valle. Les preocupan tanto los impactos físicos (sequía, calentamiento global, inundaciones, incremento del nivel del mar, etc.), como las transformaciones en los hábitos de consumo y en las políticas de los estados para favorecer la sostenibilidad.

“Requerimos de mucha innovación para cambiar los procesos y para que sean mucho más limpios. Parte del reto para tener un impacto transformacional en el mundo es que prácticamente todos los negocios se hagan diferente. Hacer lo mismo, pero diferente, con un componente ambiental y social que antes no teníamos incorporado”, asevera Clemente del Valle, magíster en Economía de la Escuela de Economía y Ciencia Política de Londres (Reino Unido).

Según un estudio de Naciones Unidas de 2015, para lograr los cambios necesarios y cumplir con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) para 2030 —y así limitar el aumento de la temperatura global a un máximo de 1,5 grados centígrados—, se requería una inversión anual de entre 5 y 7 billones de dólares, de los cuales casi 4 les correspondían a los países en desarrollo. En total, en 15 años se debían invertir unos 100 billones de dólares.

Para lograrlo, los países en desarrollo tenían que aumentar los esfuerzos: el sector público debía pasar de 0,5 a 1,8 billones de dólares, mientras que el privado de 0,9 a 2,10 billones, según el “Reporte de Inversión Mundial” de 2019 de la ONU.

Y oportunidades de negocio existen, solo falta un cambio de mentalidad. En el informe “Mejores negocios, un mundo mejor”, la Comisión Económica y de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas identificó más de 60 nuevos modelos de negocio que, alineados con los ODS, tienen el potencial de generar beneficios de por lo menos 12 billones de dólares para 2030 y hasta 380 millones de empleos.

En el caso colombiano, el Centro Regional de Finanzas Sostenibles publicará a mediados de 2021 un estudio que identifica oportunidades de inversión sostenible, que pueden representar más de 100.000 millones de dólares en ingresos. Además, reconoce que un papel importante en esta transición lo jugará la economía circular —modelo de producción y consumo caracterizado por la reutilización de materiales y productos existentes para crear algo nuevo y que puede aplicarse en muchos campos—.

Sin embargo, para su director, también es preciso que los gobiernos entiendan la naturaleza de estos nuevos negocios y modifiquen las regulaciones para impulsarlos y facilitarlos.

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Lo mejor y lo peor de dos mundos

“Si en el mundo el sector privado no se sube al bus con el mismo ímpetu que el público, no se van a lograr los objetivos”, sentencia Del Valle.

Esa misma advertencia la hace el economista indio nacionalizado británico Partha Dasgupta, quien fue comisionado por el Departamento del Tesoro británico para estudiar la relación actual de la economía global con la naturaleza.

Su conclusión es certera: la actividad humana ha degradado la naturaleza hasta el punto en el cual “las demandas que hacemos de sus bienes y servicios exceden con creces su capacidad de satisfacerlas de manera sostenible”.

Y esto ocurre mientras la calidad de vida de las personas en promedio está en su punto más alto: “De hecho, nunca lo habíamos pasado tan bien”, afirma.


La evidencia recogida de múltiples estudios así lo muestra: la esperanza de vida al nacer pasó de 46 años en 1950 a alrededor de 73 en la actualidad; la proporción de la población mundial que vive en la pobreza absoluta (actualmente 1,90 dólares por día) ha caído de casi 60 % en 1950 a menos del 10 % hoy; la producción mundial de bienes y servicios finales estuvo por encima de los 120 billones de dólares (a precios de 2011), lo que significa que la actividad económica medida globalmente se había multiplicado por 13 en solo 70 años.

Sin embargo, Dasgupta afirma que esto ocurre mientras “muchos ecosistemas, desde los bosques tropicales hasta los arrecifes de coral, ya se han degradado sin posibilidad de reparación o corren un riesgo inminente de alcanzar un punto de inflexión. Tales puntos podrían tener consecuencias catastróficas para nuestras economías y nuestro bienestar; y es costoso y difícil, si no imposible, hacer que un ecosistema recupere la salud una vez que ha pasado a un nuevo estado”.

“Hoy en día, nosotros mismos, junto con el ganado que criamos para la alimentación, constituimos el 96 % de la masa de todos los mamíferos del planeta. Solo el 4 % es todo lo demás, desde elefantes hasta tejones, desde alces hasta monos. Y el 70 % de todas las aves vivas en este momento son aves de corral, en su mayoría pollos para comer”.

David Attenborough, divulgador naturalista y documentalista británico; en el prefacio del “Informe Dasgupta”

Gráfico de porcentaje de mamíferos en el mundo

Para él, el error radica en concebir la economía como algo ajeno y externo a la naturaleza, como si sus procesos no estuvieran entremezclados y las transformaciones de una no afectaran a la otra. Una idea reforzada cuando se concibe a la biósfera y sus elementos como ‘gratuitos’.

Por esa razón, hace los siguientes llamados: a comprender que los procesos naturales se caracterizan por ser silenciosos, invisibles y móviles, lo que ha dificultado que comprendamos el daño que hemos causado y sus consecuencias; a asegurarnos de que nuestras demandas no excedan su capacidad de oferta, enfatizando en la reconstrucción de la biósfera; a modificar la forma en que medimos el éxito económico para dirigirnos a un camino más sostenible, y a transformar las instituciones y sistemas para facilitar los cambios necesarios y afianzarlos para las próximas generaciones.

Y va más allá. Califica la contaminación como subproducto y producto de las actividades humanas, por lo cual tiene un valor negativo que debe ser interpretado como una depreciación de los activos impactados (bosques, atmósfera, pesca, salud humana).

Con ese panorama presente, ya no basta con mitigar los impactos negativos en la naturaleza, sino que se hace necesario impulsar los positivos.

“Él nos demostró que ser ecológicos en realidad crea más puestos de trabajo y por eso es por lo que, en el Reino Unido, no solo estamos decididos a reconstruirnos mejor después de la COVID, sino también a reconstruirnos de una manera más ecológica”, afirmó Boris Johnson, primer ministro del Reino Unido, durante la presentación del informe en una transmisión de The Royal Society en febrero de este año.

 

Mapa de la relación global de biocapacidad de los países