José Rafael Toro, genéticamente ingeniero

Foto José Rafael Toro
Foto: Fototeca Universidad de los Andes. Autor: Desconocido.

Con una trayectoria de 38 años en la Universidad de los Andes, José Rafael Toro ha dejado una huella indeleble como profesor, vicedecano de Ingeniería, decano de la Facultad de Ciencias, director del Departamento de Ingeniería Mecánica y vicerrector Académico. En reconocimiento, el Consejo Académico lo nombró profesor emérito.

Por Johanna Ortiz Rocha

Tiene un espíritu transformador, persistencia para introducir cambios que en su momento parecían extremos y capacidad para moverse en varias aguas: desde la docencia simple y llana hasta la participación activa en la formulación de la reforma curricular o del Estatuto Profesoral o en el montaje de un anfiteatro en el campus de la Universidad.

En 38 años de trasegar por los salones, oficinas y laboratorios de Uniandes, el profesor José Rafael “Pepe” Toro ha dado que hablar entre la comunidad universitaria. Unos admiran su mente formada para la exactitud matemática, los cálculos y las ciencias exactas; otros destacan su lenguaje directo y franco que adoba con altas dosis de humor o resaltan su capacidad de ejecución de proyectos perdurables.

Estas cualidades se las reconoce también el Consejo Superior al nombrarlo profesor emérito, un cargo vitalicio que alcanzan aquellos que hayan contribuido de manera excepcional a la Universidad de los Andes.

 

“Siento que llevo como 40 años recorriendo las mismas calles; no soy de los que llegan a las 6 de la mañana, pero sí estoy antes de las 8 o 9 para involucrarme con los estudiantes y en proyectos curriculares y académicos”, relata, vía Zoom desde su casa de Villa de Leyva a donde escapó después de meses de encierro por causa de la pandemia.

Cursos virtuales y presenciales de Educación Continua Uniandes

En los últimos meses ha aprendido a usar las plataformas tecnológicas y los insumos virtuales para las clases que años atrás dictaba con una Coca Cola, un cigarrillo y un par de marcadores con los que “llenaba tableros de ecuaciones diferenciales”, tal como lo recuerda su alumno Juan Pablo Casas, hoy director del Departamento de Ingeniería Mecánica.

“Mi última reflexión es un agradecimiento a la Facultad de Ingeniería, a la disciplina de la ingeniería, que quiero no solo por ser la mía, sino por ser la arquitectura de mi cabeza; esa arquitectura de ingeniero que he usado para cosas muy distintas en la Universidad”.

José Rafael “Pepe” Toro

“Al comienzo —se refiere a esta nueva fase— me sentía cómo un bombero apagando un incendio con vasos de agua; ya en el segundo semestre implementé pizarras digitales y utilicé herramientas que funcionan mejor que un tablero de salón; pero cuando pasa algo tan disruptivo como lo sucedido con la pandemia, salen a la luz ciertos vacíos del mundo de la educación, por ejemplo que los estudiantes son muchísimo menos autónomos de lo que deberían, para ser jóvenes de 20 años; o la necesidad de encontrar una manera de evaluar distinta, que no sea con exámenes, para que la preocupación del docente no sea saber si se comete fraude o no. Nos volvimos profesores virtuales en un mes, puede que no lo hagamos muy bien, pero hemos aprendido y le hemos perdido el susto, ahora toca ver qué queda al final de todo esto”. En Villa de Leyva lo acompaña Myriam, su esposa, uniandina como él y sus hijos, que se dedica a la educación preescolar. Camilo y Juliana, ya adultos, son artistas y viven fuera del país desde hace varios años.

Su día transcurre tranquilamente entre clases, charlas con sus amigos y colegas y la música clásica, en especial la de Beethoven, a quien describe como un personaje muy singular, un rebelde total. También lee periódicos de varios países para estar al tanto de la actualidad política, internacional y colombiana. “No soy una persona metida en la política, pero estoy actualizado y tengo posiciones muy claras en esta materia”.

 

Un hombre de decisiones

La historia de Pepe Toro es la de un ser “genéticamente ingeniero”, pues dos generaciones lo preceden en esa profesión: su abuelo se graduó de la Universidad Nacional en 1899 y su padre de la Universidad del Cauca en 1940. Para seguir sus pasos, él se formó como ingeniero mecánico y magíster en Ingeniería Mecánica en la Universidad de los Andes y cursó su Maestría en Ciencias en Ingeniería Mecánica en la Universidad de Pittsburgh.

Proyecto de divulgación científica de la Vicerrectoría de Uniandes

Su recorrido como estudiante transcurrió durante la década de los 70 que, en cierta manera y a su juicio, eran los años 60 de Europa: “Fue una época tremendamente política, las universidades respiraban política, éramos una juventud muy crítica. Tengo un recuerdo muy grato, fue un paso hacia una vida autónoma, con la posibilidad de enamorarme de otras disciplinas y, aunque mi vocación por la ingeniería, las áreas de ciencias y las matemáticas siempre fue muy fuerte, agradecí estudiar en una institución que no fuera cuadriculada, donde uno podía combinar diferentes áreas y no estudiar solo ingeniería; una flexibilidad que ha estado en la Universidad de los Andes desde su nacimiento, pero que ha crecido con el tiempo y se ha podido afianzar”.

En esa educación multidisciplinaria en la que conviven las ciencias exactas y las ciencias sociales, José Rafael, el alumno que se recuerda a sí mismo como “noño noño, pero no tonto” encontró la versatilidad para ocupar diversos puestos de relevancia.

“En general, desconfío de todas las formas de autoridad: de la autoridad moral, intelectual, política o profesional de las personas que dan las órdenes. Me incomodan las órdenes a secas, prefiero discutirlas y entenderlas primero. Pero finalmente he sido juicioso”.

José Rafael “Pepe” Toro

“He tenido muchos cargos dentro de la Universidad, lo cual ha sido agradable, aunque en su momento pudo ser estresante. Esos cargos administrativos no son un paseo, aunque debo aclarar que los míos tuvieron que ver con la parte académica, es decir, administrar profesores, estudiantes y programas. En estas posiciones hay épocas en las que toca trabajar muy duro, con horarios más intensos y con vacaciones en tiempos distintos. Pero es muy satisfactorio en el largo plazo ver que cosas que uno ayudó a construir perduran, que han sido exitosas y han significado mucho para el bien de la Universidad; es importante resaltar que todo esto se logró con mucha más gente porque nunca se construye solo, y con jefes maravillosos, en particular Carlos Angulo, un gran rector a quien le debo mucho”.

Como líder académico, ayudó a transformar la Universidad de maneras perdurables en múltiples dimensiones. Encabezó la reforma curricular orientada a 4 años de duración, “un anatema para Los Andes”, pues algunos pensaban que, por su causa, los estudiantes saldrían mal preparados, pero no fue así. “Lo que sucedió es que se desencadenaron nuevos intereses, por ejemplo, se dispararon los dobles programas, lo que produjo combinaciones interesantes, ingenieros estudiando arte y abogados estudiando música; esto también impulsó que ellos pudieran encadenar su pregrado con la maestría en un lapso de 6 años, algo muy provechoso para su etapa de profundización. Lo importante es que generó opciones para que los jóvenes puedan elegir”.

Tras los pasos de Pepe

 

Desde la Vicerrectoría Académica, también creó el Ciclo Básico Uniandino (CBU), impulsó la redacción del Estatuto Profesoral, logró la equidad entre facultades y un aumento de inversión para desarrollar planes investigativos e impulsó la ampliación de la planta física. La creación de la Facultad de Medicina fue uno de los trabajos que más lo entusiasmaron. “Cuando comenzamos, me advirtieron que eso era una cosa complicadísima y peligrosísima y que hasta podríamos quebrar la Universidad. Era algo que se había intentado en Los Andes, pero tal vez no se habían dado las condiciones. Arrancamos los estudios e invertimos más o menos ocho años desde que nació la idea hasta que graduamos los primeros médicos; ese logro lo llevo en el alma, aunque ahora no tengo nada que ver con esa facultad”.

De esa experiencia le quedan anécdotas: “Teníamos que montar un anfiteatro en la Universidad y, como usted sabe, estos sitios tienen cadáveres para que los estudiantes aprendan anatomía. No me acuerdo a quién se le ocurrió, pero había un espacio con un antiguo tanque enorme que alimentaba el Laboratorio de Hidráulica y ahí montamos el anfiteatro, al lado de la actual Facultad de Derecho. La entrada de los primeros cadáveres fue toda una tragedia, un acontecimiento secreto, no estábamos acostumbrados a esto en el campus de Uniandes”.

 

Foto de la fundación de la Facultad de Medicina
Durante la ceremonia de entrega de batas blancas a los estudiantes de la Facultad de Medicina. Foto: Fototeca Universidad de los Andes. Autor: Desconocido

 

Del trabajo en la Vicerrectoría le han quedado sus mejores amigos: “Los tengo jóvenes menores que yo y otros no tanto, y ha sido una fortuna conocer personas de tantas disciplinas e intereses, cuyo común denominador es que todos son nerdos”.

Treinta y ocho años después, siente que hay cosas pendientes: “Todavía creo que Los Andes puede ser mucho más flexible; desde la misma concepción de cada facultad y departamento podría ser una universidad donde la libertad de escogencia de caminos fuera mucho más abierta, aunque también habría que mover los límites de la regulación colombiana a la educación”.

 

Foto de José Rafael Torocon su familia
José Rafael, Camilo, Myriam y Juliana. Foto: Archivo familiar