Las poblaciones vecinas del primer afluente del país sujeto de derechos siguen trabajando por su recuperación en medio de la violencia y la minería de alto impacto. Una apuesta por la defensa de su identidad, con apoyo de la academia.

Por: Lina Fernanda Sánchez Alvarado
lf.sancheza@uniandes.edu.co

A veces el río Atrato se convierte en una autopista de tapas de tanques de agua que usan los niños como canoas para divertirse en Tagachí (Chocó), a veces es el escenario de charlas eternas de las mujeres mientras lavan ropa. Algunos aún le piden permiso cada vez que pescan o lo navegan. Es que, para la comunidad ribereña, el río Atrato, en el Pacífico colombiano, siempre ha sido el alma del departamento del Chocó.

Así lo describe una investigación que adelantó la Facultad de Arquitectura y Diseño de la Universidad de los Andes, con apoyo de la Vicerrectoría de Investigaciones y el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación, en diciembre de 2019, en la que se exploró la relación de la comunidad con este afluente, tras su declaración como el primer río sujeto de derechos del país, en 2016.

Una decisión de la Corte Constitucional que le otorgó al Atrato medidas de protección, conservación, mantenimiento y restauración. La razón: lejos de la mirada romántica, este atraviesa una crisis socioambiental y humanitaria que contrasta con el río como dador de vida.

En 2013, por ejemplo, se contabilizaban unos 200 entables mineros y unas 54 dragas en operación usadas en la minería a gran escala, con la que contaminan el agua, que produce enfermedades, al tiempo que se incentiva la violencia entre grupos armados.

El Atrato Challenge, nombre de la iniciativa de esta Facultad, a través del curso Cartografías Narrativas, reunió a 20 estudiantes de Los Andes y a 16 de la Universidad Tecnológica del Chocó (UTCH) para la construcción de mapas a través de los relatos de sus habitantes y la formulación de propuestas de recuperación del río.

Foto: Felipe Cazares

“Queríamos aportar a la apropiación de la sentencia por la comunidad y encontrar nuevas oportunidades para seguir recuperando el Atrato”, explica María Paula Barón Aristizábal, profesora del Departamento de Arquitectura, quien desarrolló el proyecto junto con los profesores Juan Manuel González y Jorge Iván Palacio.

Al final, la idea era encontrar desde la sociedad civil alternativas para que la sentencia no se quede en el papel.

Por eso en esta exploración se mostraron las diversas caras y comprensiones del agua y los esfuerzos de la comunidad por regresarle al río lo que la humanidad le ha quitado. Así, del trabajo de campo, surgieron cuatro propuestas en las que se plantea desde hacer un entierro simbólico al río hasta reconciliarlo con su gente.

Iniciativas que se recopilarán en un libro y que serán dejadas sobre la mesa de las autoridades locales y las organizaciones comunitarias para poner en marcha desde el 2020.

Jorge Iván Palacio exmagistrado de la Corte Constitucional y quien fue ponente de la sentencia, asegura que, aunque hay entidades estatales obligadas a garantizar los derechos del río, son las comunidades las que deben también velar por él. “Es su columna vertebral y de ahí lo importante de que convivan con él, lo aprecien y garanticen su vida”, agrega.

Un funeral al río
El Atrato es un ser vulnerable y finito. Bajo esta premisa, jóvenes de las dos universidades proponen hacerle un entierro. Un acto simbólico que funcione como un punto de inflexión para arrancar de nuevo.

Se trata de una iniciativa en la que los pobladores van a representar un funeral tradicional de la región y en el que, con cantos, los dolientes despiden las memorias negativas alrededor del río.

Así con este mecanismo de participación comunitaria la gente podrá apropiarse de la sentencia y unir esfuerzos para rescatar el afluente.

Champas para volver a confiar
¿Cómo recuperar la confianza entre un río y su gente? Esa fue la pregunta que intentaron responder los jóvenes que viven a las orillas. De ahí surgió la idea de Choconfío que busca unir a los guardianes del Atrato, personas designadas por las autoridades tras la sentencia, y a los transportadores de las champas (largas canoas).

De esta manera, los guardianes y transportadores se convertirán en guías locales que, rescatando la oralidad y las historias de la región, buscarán recomponer el vínculo con la población. Un primer paso para un plan de recuperación.

Diálogo con los líderes
Se busca unir los esfuerzos de los líderes sociales de la región para rescatar la ancestralidad y tradiciones que acompaña el río, además de posicionarlo como el eje de muchas de las historias generacionales de los municipios.

Trenzar esfuerzos
Un trabajo en conjunto con emprendedores socioambientales y estudiantes de la UTCH permitirá difundir prácticas sociales alrededor del Atrato en medios locales, que rescaten la memoria y tradiciones propias de este lugar. Trenzar esfuerzos para recordar el “perrenque” del chocoano, su resistencia y cultura alrededor del agua.




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Infografía: Faver Rodríguez.

Sonidos y arte en el caudal

Jóvenes de la zona del Atrato viven el arte como una forma “de habitar la guerra” y como una posibilidad de futuro, de acuerdo con una investigación de la Universidad de los Andes.

En el barrio El Futuro, en Quibdó, el río Atrato suena a rap y a una mezcla entre ritmos urbanos y ancestrales. Son jóvenes de una escuela de música que construyen un futuro más prometedor alrededor de esta pasión.
En las orillas de lugares como Tagachí y algunos barrios de Quibdó, el caudal se entremezcla con chirimías (música tradicional) y música moderna del grupo Etnia Company. Un lugar en el que los ritmos se convierten en una forma de protegerse de las balas.

En varios puntos de su recorrido se escuchan su fuerte caudal o los animales de la zona. También se oyen el comercio de los puertos, los juegos de los niños y hasta el silencio cuando el río pasa por Bojayá y el lugar donde en 2002 la entonces guerrilla de las Farc perpetró una de las masacres más desgarradoras del país al lanzar un cilindro bomba contra la iglesia donde se refugiaban los pobladores. Ese municipio, igual que otros alrededor del Atrato, sigue siendo objeto de disputas entre grupos armados que se pelean el control del mercado ilícito de drogas.

Así los sonidos empiezan a convertirse en testigos sonoros de una zona que intenta reconstruirse luego de la firma del Acuerdo de Paz y que hacen parte de la investigación Relatos del Futuro del profesor de Antropología Alejandro Castillejo, de la Universidad de los Andes.

Foto: Felipe Cazares

Un proyecto que, en línea con la iniciativa Changing The Story, de la Universidad de Leeds, busca escuchar los efectos de la guerra, la violencia y su proceso de transición hacia la paz. Además de entender conceptos como la justicia y la reconciliación, en tiempos de posconflicto, que no son claros para los pobladores de estos territorios.

“Buscamos entender la paz como una experiencia plural, que se edifica desde abajo para que el futuro resulte como una posibilidad”, aclara Castillejo.

En esta búsqueda a bordo de embarcaciones, los investigadores acompañan a los jóvenes de la zona a recopilar sonidos: archivos en los que se mezclan el sonido de la minería, con el de la selva y hasta las voces de estas nuevas generaciones con su música. Y es que alrededor del río Atrato, en palabras de Castillejo, el arte parece convertirse en una alternativa para rehabitar la guerra, para huir de las pandillas y el microtráfico.

“La reflexión sobre la paz se hace a través de la música y del baile. Ante un Estado con formas difusas, la paz se presenta como un reconocimiento hacia el otro y la posibilidad de construir en colectivo”, explica el profesor Castillejo.

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De hecho, las escuelas de música y danza se han convertido en un microespacio donde existe la posibilidad de otros mundos. Los investigadores aseguran que en estas nuevas generaciones no hay tiempo para pensar el pasado, sino más bien para apostarle al futuro.

El arte se convierte en una herramienta para sobrevivir y habitar la tragedia.