Pérdida, amor y memoria

El filósofo y escritor Fernando Savater charló con el rector de Los Andes, Alejandro Gaviria, en la edición 2021 del Hay Festival, en medio de la pandemia. Tuvieron como eje del diálogo La peor parte, el más reciente libro del español. Fragmentos de la conversación.

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Alejandro Gaviria y Fernando Savater
La conversación se realizó de manera virtual para el Hay Festival, el 30 de enero de 2021.

La peor parte, del escritor español Fernando Savater, es un libro sobre el tormento por la muerte de su esposa, Sara. “Es sobre la naturaleza paradójica del amor. Mientras más amamos más doloroso es el desprendimiento, es como si la vida o el universo quisieran cobrarnos las dichas. Las presencias más entrañables serán siempre las ausencias más dolorosas. Es también un libro sobre la vida y la muerte”, describe el también escritor, exministro de Salud y actual rector de la Universidad de los Andes, Alejandro Gaviria.

Savater es autor de más de cincuenta títulos que abarcan ensayo político y literario, narrativa y teatro, como Ética para Amador y Política para Amador. Es también doctor honoris causa de distintas universidades en Europa y Latinoamérica y ha ganado prestigiosos galardones como el Ortega y Gasset o el Premio Planeta. Gaviria, por su parte, es doctor en Economía de la Universidad de California, ha publicado ocho libros, entre los que se destacan Hoy es siempre todavía y Otro fin del mundo es posible, y ha ganado diferentes premios, entre estos, el Simón Bolívar de Periodismo.

Alejandro Gaviria: ¿Cómo va todo en medio de la pandemia? Dijiste hace poco que uno comienza a obsesionarse. Yo estoy obsesionado con que esto nos va a dejar marcados por mucho tiempo.

Fernando Savater: Pasé otra pandemia, ¿sabías? Cuando era pequeño, en el año 57, tenía 10 u 11 años, hubo otra pandemia en Europa y creo que fuera de ella también. La llamaron la ‘gripe asiática’, o sea que, evidentemente, venía del mismo sitio. Recuerdo, vagamente, la preocupación de mis padres. Estuvimos un par de días sin ir al colegio, pero salimos de ello. Duró año y pico. Hoy hay gente de mi edad que ni se acuerda de aquello. Fue algo tan traumático y 60 años después nadie se acuerda. Quizás eso sea bueno. A lo mejor dentro de 50 años tendremos que explicarlo: “Que sí, que fue verdad, que estuvimos con mascarilla y confinados”. No sé, a lo mejor se ha olvidado dentro de medio siglo y se han olvidado de nosotros.

AG: Hablemos de la primera parte de tu libro y de una especie de paradoja, me parece muy interesante tu predilección por los grandes pesimistas, por Schopenhauer, Lovecraft, etc. Comparto esa predilección, pero, al mismo tiempo, tu optimismo casi irredento. Has dicho: “Mientras dure la vida no hay que dar por perdida esta aventura”, que me recuerda a Borges, quien dijo alguna vez: “El mero hecho de ser es tan prodigioso que ninguna desventura debe eximirnos de una suerte de gratitud cósmica”. ¿Cómo es esa vaina de alimentarse de pesimismo, pero al mismo tiempo irradiar optimismo vital?

FS: Todo el mundo me ha considerado siempre muy optimista y yo, la verdad, siempre me he tenido como un pesimista activo. Soy pesimista precisamente por eso, porque no creo que nadie vaya a venir de fuera a salvarnos, que vaya a haber algún evento sobrenatural que nos redima. Por eso creo que tenemos que actuar, porque verdaderamente todo depende de lo que hagamos nosotros. Sí, he luchado y he sido activo, pero no por optimismo sino por pesimismo. Si uno no nada, la corriente lo arrastra.

AG: Me parece que hay ciertas rutinas en el corazón humano que se repiten, que el contexto puede ser distinto, pero hay muchas afinidades y, de alguna manera, los libros que narran la tristeza y el dolor pueden ser para quien los lee una forma de lidiar con el duelo. Alguien me mencionó tu libro y dijo: “Me sirvió mucho para entender la muerte de mi esposo”. Dices que reconciliarse con el destino propio es una hazaña. Contarlo tal vez sea ayudarles a los otros. De esa manera, es una doble hazaña. Encuentro en el libro no una rabia existencial, sino cierta resignación melancólica, casi festiva, una celebración de la vida.

FS: En realidad, no trata de mi dolor, de la pérdida, de la ausencia, de mis penas. Puedo ser más o menos vanidoso, pero no tan ingenuo como para creer que la gente está preocupada por si estoy alegre o triste. No. El libro es una celebración de Sara. De alguna manera, lo que quería era que no pasara al olvido. Yo podía hacer que la recordaran, dar detalles de su vida, de cómo era, de cómo la sentí. Quizás para que otras personas también la echasen de menos y se enamoraran un poco de ella. No trata de mi dolor sino de su vida, de su lucha y de su fuerza. Ahora, lógicamente, parte de mi dolor. Yo no habría escrito ese libro si ella no se hubiera muerto. Habla precisamente de la recuperación por medio de la memoria.

AG: Tú describes las luchas políticas compartidas —Sara no solamente fue tu compañera de vida sino también compañera de lucha— contra ese nacionalismo destructor. Infortunadamente, me parece que ese nacionalismo parece ahora más vivo que nunca. Incluso ahora tenemos nacionalismo de vacunas. ¿Eres optimista sobre este tema? ¿Esos nacionalismos exacerbados dónde van a terminar? ¿Estamos entrando en una etapa de esas de locura? ¿Debemos, como Montaigne, escondernos un poco mientras la humanidad recobra la razón?

FS: Los nacionalismos, los racismos, desgraciadamente, son una parte oscura pero permanente de la vida porque dependen de lo mejor que tenemos que es nuestro instinto social. El nacionalismo y el racismo, que es el colmo de la exclusión del otro, brotan precisamente de lo mejor de nuestro deseo de unidad social, de nuestro deseo de semejanza con los otros. Tenemos tanto deseo de asemejarnos a los otros que no toleramos a los que no se asemejan del todo, creamos inmediatamente barreras infranqueables con los que difieren de nosotros. Cuando uno ha viajado mucho en la vida o ha vivido mucho, lo que sorprende no es lo diferentes que son los pueblos y las personas, sino lo mucho que se parecen. Mucha gente se empeña siempre en decirte: “Al viajar ves la diversidad del mundo”, pero esa diversidad del mundo es de cosas superficiales. Y es muy agradable. A mí me encanta ir a Bogotá y tomar ajiaco. Es una cosa que no encuentro nunca en San Sebastián, esa variedad de cosas es excelente.

“Soy pesimista porque no creo que nadie vaya a venir de fuera a salvarnos, que vaya a haber algún evento sobrenatural que nos redima. Tenemos que actuar, porque verdaderamente todo depende de lo que hagamos nosotros. Sí, he luchado y he sido activo, pero no por optimismo sino por pesimismo. Si uno no nada, la corriente lo arrastra”.

Ahora, en los problemas esenciales, los seres humanos como tales, sus afectos, sus miedos, son iguales en todas partes. Ese es uno de los problemas, de los grandes errores que ha tenido la época moderna, esa insistencia en la diversidad de lo humano. Lo importante es la semejanza, lo parecidos que somos, es comprender los dolores de los demás, las necesidades de los otros porque son como nosotros. La forma de afrontar, por ejemplo, una epidemia universal en su momento, es darnos cuenta de que todos somos parecidos, nos contagiamos todos, los virus nos pasan de uno a otro. Los virus van y vienen, nos atacan a todos y sabemos que lo perfecto sería que entre todos lográramos una vacuna, un medio para curar.

“Los nacionalismos son un egoísmo colectivo y en el momento en el que hay una razón para ese egoísmo como, por ejemplo, las vacunas, el miedo, la muerte y el deseo de salvarnos, es como el legado del cuadro de Géricault”, afirma Fernando Savater.

AG: Hay una frase de Borges que dice: “Todos somos voces de la misma penuria” que describe en mi opinión eso que tú quieres enfatizar. Todos estamos sufriendo la pandemia. Pero el tribalismo hace parte también de eso que nos define como especie, entonces resulta difícil a veces insistir en que todos somos iguales, que somos una comunidad global. ¿Tienes más preocupaciones por el nacionalismo ahora que hace un tiempo? ¿Crees que es el mismo problema de siempre?

FS: Los nacionalismos son, en el fondo, egoísmos colectivos. El momento en el que hay unas vacunas y, a lo mejor, alguien piensa que no va a haber para todos, entonces, indirectamente, surge la coartada nacionalista para quedarse con las vacunas y no dárselas a los demás. Ahí se buscan siempre razones patrióticas, históricas. Esto se está viendo sobre todo en los grandes países, que pueden defender lo suyo mejor que otros. Y no solamente se quedan con lo suyo; si pueden, les quitan a los de al lado. Algunos creen que el mundo es como La balsa de la medusa de Géricault (ver foto), en la que hay que subirse, los demás se van ahogando y se los comen los tiburones alrededor, pero nosotros nos salvamos. Y la verdad es que no es así. Cada vez más nos damos cuenta de que la humanidad o se salva junta o perece junta.

Imagen de la balsa de la medusa, de Jean Louis Théodore
Pie de foto: La balsa de la medusa, de Jean Louis Théodore Géricault, una metáfora de la situación actual, según Fernando Savater.

AG: Quiero entrar a uno de los asuntos más duros del libro, uno de los que más me llamó la atención, porque de alguna manera coincide con mi experiencia vital y es una visita que haces a la oficina del médico que jugó un papel importante en la enfermedad. Él te miente piadosamente y dices en el libro que no lo has perdonado plenamente, que todavía le guardas un poco de rencor. Quiero compartir un poco mi experiencia como paciente de cáncer y como ministro de Salud. Leí alguna vez que el 40 % de los oncólogos reconocen dar medicamentos que no van a servir para nada a sus pacientes, porque no son capaces de tener la conversación con ellos o con sus familias. Hay una tiranía de la esperanza imposible de vencer. Quizás el doctor es solo culpable de una cosa, de no reconocer plenamente sus poderes limitados, exiguos. No te quiero hacer una pregunta sino una invitación a perdonarlo y a perdonarlo, tal vez, completamente.

FS: Por una parte, tengo un cierto remordimiento por guardar rencor a las personas que, evidentemente, me ayudaron. A los médicos que me querían ayudar frente a una enfermedad que no pueden curar. Pienso que si, a lo mejor, el primer día me hubieran dicho: “Mira, no hay nada que hacer”, pues eso me iba a destrozar todavía más. Mejor las falsas esperanzas, es verdad. Me gusta esa expresión que usas de la “tiranía de la esperanza”, porque lo es, pero también es como una especie de promesa de salvación que uno mantiene viva, es la que te hace vivir, te hace levantarte por las mañanas, cuando, en el fondo, sabes que esa esperanza no está sujeta a nada. Siempre hay la posibilidad de lo inesperado y uno se aferra. Ahora guardo una especie de rencor, primero, porque fracasaron y, luego, porque no me dijeron que el fracaso era inevitable. Comprendo que es irracional, estoy culpando a personas que no tienen la culpa de lo que ocurrió, pero, sin embargo, ahí ha estado y no podemos remediarlo.

AG: Voy a leer algo que David Rieff, el hijo de Susan Sontag, escribió en un libro sobre el cáncer de su madre, para poner de presente que eso que viviste tal vez lo viven casi todos los pacientes de cáncer. Lo dice de esta manera patética pero interesante: “Todos saben que el paciente va a morir, pero pretenden que hay esperanza. Siguen estrictamente los rituales, pues consideran que esos son los deseos del paciente. Mientras tanto, el paciente observa al médico, quien ofrece una nueva alternativa de tratamiento y piensa, para sí mismo, que si el médico pensara que no va a funcionar no se lo ofrecería. Pero lo que el médico no dice es que las probabilidades son mínimas y que solo está respondiendo a las necesidades del paciente por esperanza. Es surrealista. Es una especie de negociación implícita con la esperanza”.

“Evidentemente, hoy, el asunto es el encarnizamiento por intentar mantener a toda costa el funcionamiento de algunas variables vitales que no son la vida. Dicen: “Mantener la vida”. No, mantener la vida es otra cosa. Todos sabemos lo que es la vida y no es que el corazón esté latiendo, que todavía se bombee por medio de unos sistemas técnicos o por una respiración asistida. Eso no es la vida”.

FS: Él cuenta hasta qué punto ella se agarró, hasta el final, a cualquier posibilidad de curación. Cuando, en el fondo, era una mujer muy inteligente y conocía lo suficiente su caso como para saber que no había curación posible. Sin embargo, se agarró, aceptando incluso cualquier encarnizamiento médico para salvarse. Esas son las complejidades de nuestro corazón. Los que hemos estado junto a una persona adorada muriendo y nos destroza su agonía, vivimos un momento cuando tenemos una lucha entre el deseo porque todo acabe de una vez y, por otro lado, que no acabe, que siga, aunque sea doloroso, aunque siga quejándose y sufriendo, pero uno no quiere perderla. Esas son las cosas que le dan su drama a la vida.

“Cada vez más nos damos cuenta de que la humanidad o se salva junta o perece junta”.

AG: Hay otro libro que quisiera traer a cuento y es Mortalidad de Christopher Hitchens. Yo creía que él iba a morir tranquilamente, aceptando su destino inexorable, pero no, también se sometió a todas las indignidades de lo que él llama tumorlandia.

FS: En lo de Hitchens hay una diferencia, porque él habla de su enfermedad. Eso es otra cosa, porque puedes, efectivamente, desde tu enfermedad, juzgar si quieres que te den esperanzas o prefieres la verdad a toda costa. Pero es diferente cuando estás viendo sufrir a otra persona con la que has vivido muchos años. Yo no soportaba verle una lágrima, aunque fuera por una trivialidad, me descomponía todo el día. El dolor de ver sufrir a quien tú quieres más que a ti mismo, ahí es cuando uno se aferra a cualquier cosa, a cualquier absurdo, a cualquier remedio imaginario.

AG: Hay un tema que me quedé esperando en el libro y no está: la buena muerte o la eutanasia. Aquí en Colombia estuve en esos debates que son también importantes en buena parte del mundo ¿Qué opinas?

FS: Soy partidario del suicidio asistido. Creo que las personas tenemos derecho a decir cuándo queremos vivir y cuándo no. Desde los griegos, los romanos, está la tradición de que uno vive mientras cree que la vida está mereciendo la pena y luego debe tener la posibilidad de abandonarla. Marco Aurelio decía que cuando uno ya no aguanta en la vida debería salir. Evidentemente, hoy, el asunto es el encarnizamiento por intentar mantener a toda costa el funcionamiento de algunas variables vitales que no son la vida. Dicen: “Mantener la vida”. No, mantener la vida es otra cosa. Todos sabemos lo que es la vida y no es que el corazón esté latiendo, que todavía se bombee por medio de unos sistemas técnicos o por una respiración asistida. Eso no es la vida. El problema es cuando tenemos que decidir sobre la vida de otro, cuando un ser querido está sufriendo de una manera terrible y yo sé que hay un medio de acabar con este sufrimiento, sin posibilidades de curación. A lo mejor el verdadero acto de amor es aceptar el dolor de ser tú quien diga: “Sí, hay que cortar este sufrimiento”. Es uno de los problemas morales, como ocurre con el aborto o con otros temas que me alegra que moralmente despierten problemas en la gente. Me parece importante que veamos que la vida tiene problemas morales aunque haya leyes que ya digan lo que hay que hacer.

AG: Claramente este es un problema moral que no tiene solución, pero también tenemos que aceptar que la tecnología se incrustó en esta última parte de la vida y que la obstinación terapéutica es un problema. El 80 % de las personas dicen querer morir en sus casas y solamente 20 % o 30 % lo logran. Acá una reflexión interesante que hace un médico y bioeticista colombiano: “Se nos ha expropiado la vida hasta el último suspiro. Hasta hace poco la muerte se consideraba algo natural e inevitable que requería preparación individual, familiar y social, incluso, había manuales para guiar este proceso, pero cuando se descubrieron la penicilina y otras tecnologías curativas, la humanidad tuvo clara su capacidad para hacerle frente a la muerte a gran escala. Este éxito de vencer las causas prematuras de la muerte nos hizo creer que se podía hacer lo mismo con todas las enfermedades mortales. Los médicos se creyeron, entonces, con la autoridad y la responsabilidad para lograrlo”. Esa lucha inútil, tal vez, contra la muerte, le está haciendo daño a la humanidad y hemos olvidado un poco cómo morir o cómo morir de la mejor manera.

FS: Siempre han existido diversas formas de tratar a la muerte, como por ejemplo Montaigne, que es uno de los espíritus más modernos que vinieron antes que nosotros. En la época de Montaigne, la gente moría rodeada de sus deudos, de su familia, hasta de gente que subía de la calle y se ponía a llorar en las escaleras porque estaba muriendo un fulano. La muerte era un hecho colectivo. En cambio había otros que no querían eso. Montaigne, por ejemplo, decía querer irse lejos para morir rodeado de personas que no lo hubieran visto vivo, extraños. Le parecía intolerable que las personas vieran su rostro muerto y ya no se les olvidara y lo recordaran como muerto y no como vivo.

AG: Coincidencialmente Montaigne también vivió la peste, vivió una epidemia.

FS: Lo habían nombrado alcalde de Burdeos y escapó de la Alcaldía.

“Cuando uno ha viajado mucho en la vida o ha vivido mucho, lo que sorprende no es lo diferentes que son los pueblos y las personas, sino lo mucho que se parecen”.

AG: Hay un último momento, tal vez el que me arrancó una lágrima, es en Baltimore, y está Sara muy enferma. Ustedes están caminando, entran a un cine, no hay nadie, son los únicos espectadores y hay un momento donde ustedes tienen esa última sonrisa.

FS: Allí en Baltimore, en el muelle donde paseábamos juntos, despacito, en el día que hacía el sol, para que ella se moviera un poco, había un local de estos donde exhiben diversos récords Guinness: el hombre más alto, el más gordo, cosas de estas. Entonces, un día le dije: “Vamos a entrar”. Al final, había una sala de cine. No había nadie más. Nos metimos los dos y esperábamos una película documental, pero era una sala donde ponen películas en tres dimensiones. La butaca se movía, se agitaba, unos ratoncitos corrían y se escondían entre las cosas, era una especie de juego, un cine interactivo. Cuando empezó esto, a pesar de la situación, nos reímos. Por última vez como que me encontré feliz con ella y era porque ella estaba feliz. Ese es uno de los buenos recuerdos que guardo como un tesoro de aquella época tan terrible.