Fragmento de Otro fin del mundo es posible

Reproducimos parte del capítulo 5 titulado ‘Aldous Huxley y la educación’ escrito por el rector de la Universidad de los Andes. Cortesía de editorial Ariel.

Por Alejandro Gaviria
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Foto: Felipe Cazares

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Aldous Huxley y la educación

“El hombre es un anfibio que vive simultáneamente en dos mundos,
el mundo de la materia y el mundo de los símbolos”.

Aldous Huxley, prólogo al libro
La primera y última libertad” de J. Krishnamurti

Durante toda su vida, Aldous Huxley trató de vivir coherentemente. Practicó una honestidad básica, de todos los días, sin grandes alardes. Decía una cosa y hacía lo propio. Vivió como pensaba. “Debemos aceptar que muchos eventos de nuestra vida no son simplemente fortuitos, sino pruebas deliberadas de inteligencia y carácter”, escribió alguna vez.

En 1953, después de haber vivido en California por más de quince años, decidió solicitar la ciudadanía de Estados Unidos. Presentó una petición formal y algunas semanas después fue citado a una audiencia privada. Acudió a un despacho judicial en el centro de Los Ángeles en compañía de su esposa, María. Inicialmente respondió algunas preguntas de rutina sobre la Constitución de los Estados Unidos, luego el juez encargado de su caso le preguntó, como era menester, si estaría dispuesto a hacer parte del ejército y a empuñar las armas en caso de una guerra o una conmoción interior. “No”, respondió de manera perentoria. Aldous era un pacifista sin grietas. Rechazaba la violencia en todas sus formas: revolución fascista, revolución socialista, imperialismo, terrorismo, lucha de clases, persecución de minorías, incluso en defensa propia.

El juez le preguntó, entonces, si su reticencia tenía como causa alguna objeción de conciencia basada en sus creencias religiosas. Una ley reciente prohibía otorgarles la ciudadanía a todos aquellos que renunciaran a servir en el ejército por razones diferentes a los mandatos de su religión. Aldous señaló que sus razones no eran religiosas, sino filosóficas. El juez le preguntó de nuevo si existía la posibilidad de que su filosofía fuera una extensión de sus creencias religiosas. Aldous lo miró con impaciencia y le dijo que “no, no existe esa posibilidad”.

Exasperada ante las respuestas de su esposo, María le pidió un poco de pragmatismo, de flexibilidad filosófica y doctrinaria. “Bastaría con decir que las razones son religiosas y salimos de esto de una buena vez”, exclamó en medio de la audiencia. Huxley no cedió, afirmó nuevamente que sus razones no eran religiosas, que su pacifismo tenía raíces meramente filosóficas. El juez movió la cabeza entre confundido y ofuscado. Huxley miró su reloj y le dijo a María, “Es hora de irnos”. María le agradeció al juez su paciencia, se paró bruscamente y abandonó el lugar de la audiencia seguida por su esposo. Jamás recibieron la ciudadanía de los Estados Unidos.

Huxley y la educación no verbal

Aldous Huxley creía que los seres humanos somos anfibios, esto es, que tenemos la capacidad de vivir en varios mundos distintos de manera simultánea: el del lenguaje simbólico y el de la receptividad sensorial, el de las ideas abstractas y el del conocimiento práctico, el de las ciencias y el de las artes. Pensaba que esta versatilidad era no solo una fortaleza de la especie, sino también un imperativo epistemológico. Se opuso siempre a la especialización, a quienes insisten en habitar un solo mundo, en negar nuestra esencia anfibia, en asilarse en solo una parte de la vida.

Pasó su vida entre libros, en el mundo de las ideas. Creía en la cultura, entendida como lo mejor que ha sido pensado e imaginado por los seres humanos a lo largo de la historia. Argumentó que los símbolos lingüísticos, matemáticos o músicos, eran fundamentales, que sin ellos no tendríamos ni filosofía ni ciencia ni arte ni civilización. En fin, no seríamos humanos.

Pero pensaba, al mismo tiempo, que los símbolos y las ideas podían hacernos perder el sentido de la realidad, llevarnos a una inversión peligrosa, a la creencia falsa de que los conceptos (las formas simplificadas como representamos el mundo) son más importantes que la vida. Estaba convencido de que la educación no terminaba con la maestría del lenguaje y los símbolos abstractos. En su opinión, una educación para la receptividad, esto es, una educación no verbal era casi tan importante como la educación formal, como el conocimiento del lenguaje, las ideas y las matemáticas.

“La educación para la receptividad”, dice uno de los personajes de su novela La isla, “es el complemento y el antídoto de la educación para el análisis y la manipulación de símbolos. […] Si uno quiere, siempre podrá sustituir las mejores percepciones por una mala idea preparada de antemano. ¿Pero por qué habría uno de hacer esa elección? ¿Por qué no escuchar a ambas partes y armonizar los puntos de vistas de los dos?”. En la isla de Pala, el sistema educativo no solo aspira a formar manipuladores de símbolos, sino también receptores de percepciones.

Inicialmente, por ejemplo, se les pide a los niños que dejen de pensar y miren una flor:

Mírenla de forma analítica. No como hombres de ciencia ni siquiera como jardineros. Libérense de todo lo que saben y miren con absoluta inocencia esa cosa infinitamente improbable que tienen ante ustedes. Mírenla como si nunca hubieran visto nada semejante como si no tuviese nombre ni perteneciese a clase reconocible alguna. Mírenla despiertos, pero pasiva, receptivamente, sin rotular, ni juzgar, ni comparar. Y mientras la miran inhalen su misterio, aspiren el espíritu del sentido.

Después de mirar la flor, los niños deben describirla en palabras como un objeto abstracto, como si fueran científicos. Seguidamente deben dibujarla como la recuerdan, vívidamente, como si fueran artistas. Las dos cosas son enfatizadas, la contemplación como experiencia estética o espiritual y el análisis en términos de ciencias, historia o economía. Todos los cursos, en la isla utópica de Pala, incluyen ese tipo de construcción de puentes entre saberes: “Se empieza con la botánica […] y al final de la sesión de construcción de puentes se encuentra uno pensando en la naturaleza del lenguaje, en los distintos tipos de experiencias, en la metafísica y en la conducta de la vida”.

Huxley creía que su objetivo primordial como escritor era uno solo, el de constructor de puentes, el de conectar diferentes mundos, en particular los mundos de la educación verbal y la no verbal. Estaba convencido de que ningún científico o artista debía rechazar nuestra naturaleza anfibia. Fustigó a quienes despreciaban la racionalidad y añoraban un mundo primitivo; criticó igualmente a quienes intentaban reducir la experiencia humana al mundo de la razón, los símbolos y el pensamiento sistemático. Nunca dejó de insistir en que debemos vivir en ambos mundos, en que somos anfibios por naturaleza y necesidad.

Arte y ciencia

En 1959, hace ya más de sesenta años, el intelectual inglés C. P. Snow publicó un breve ensayo en forma de libro titulado Las dos culturas. Snow propuso una contradicción elemental, una especie de dicotomía básica: de un lado están los intelectuales literarios, los humanistas que insisten en la preeminencia de los textos clásicos, el griego, el latín y los estudios culturales; de otro están los hombres y mujeres de ciencia que insisten, por su parte, en la importancia de las matemáticas, el pensamiento analítico y el rigor empírico. Snow lamentó la falta de conocimiento por parte de los intelectuales literarios de las ideas básicas y los rudimentos de la ciencia. Muy pocos saben, afirmó, en qué consiste, por ejemplo, la segunda ley de la termodinámica.

Aldous Huxley, que había vivido entre las artes y las ciencias (su abuelo fue un gran divulgador científico y su tío abuelo, Matthew Arnold, un poeta y crítico literario), terció en el debate. Su último libro publicado en vida fue una respuesta a C. P. Snow y a sus críticos, Literatura y ciencia. En él, rechazó tanto el cientificismo de Snow como la ignorancia complaciente (y las malas maneras) de los críticos de Snow, los intelectuales literarios. Su mente quería siempre conectar, encontrar afinidades, tender puentes. Para Huxley, la ciencia y la literatura eran manifestaciones complementarias del espíritu humano.

A pesar de ser un hombre de letras, Huxley pasó los últimos años de su vida en la compañía de científicos. Tuvo una gran amistad con el astrónomo Edwin Powell Hubble (inmortalizado en el telescopio que lleva su nombre). Buena parte de la ciencia, en su opinión, tenía un elemento poético, podía ser entendida casi como una revelación cósmica. La ciencia, en últimas, reafirmaba nuestra posición de espectadores deslumbrados, conscientes del milagro del universo y, por lo tanto, esclarecidos. Los seres humanos, escribió, no pueden vivir solo con la contemplación receptiva o la creación artística, necesitan también de la ciencia y la tecnología.

Insistió en que los científicos y los artistas deberían avanzar juntos, explorar de la mano las “expansivas regiones de lo desconocido”. Ambos, insinuó, son conscientes, a su manera, de la ignorancia fundamental que aqueja al ser humano. “Añoro —escribió— la llegada de un gran artista que logre hacer la tarea de incorporar las hipótesis de la ciencia dentro de los armoniosos y emocionantes trabajos artísticos”. Después de la muerte de Huxley, en estas últimas décadas, muchos artistas y científicos han encontrado formas de trabajar conjuntamente. La brecha entre las dos culturas se ha venido cerrando. Artistas y científicos han descubierto su naturaleza anfibia, han seguido el ejemplo y las admoniciones de Huxley.

La literatura y la ciencia son, en su opinión, dos regiones del mismo mundo, del mundo de los símbolos, la educación verbal y los conceptos abstractos. El mundo que nos define como especie, pero que puede, simultáneamente, separarnos de las otras formas de vida y de nosotros mismos. El mundo de los símbolos, insistió, es solo uno de los mundos posibles, no abarca toda la experiencia humana, la experiencia anfibia que debe vivirse afuera y adentro del mundo simbólico.

“Toda educación —dice un profesor en La isla— tendría que incluir cursos de humanidades. Pero no nos engañemos con el nombre. En sí mismas las humanidades no humanizan. No son más que otra forma de especialización en el campo simbólico”. En sus clases, señalaba que ni leer a Platón ni tomar cursos de química o física son suficientes: el ser humano necesita también una educación en la receptividad y en la experiencia práctica.